Los deseos
 
Era una noche normal como todas mis noches solo en mi casa como aquella mujer soltera que era , yo estaba en chat con un amigo estranjero hablábamos de todo un poco hasta que el tema dio un giro y comenzamos hablar de sexo y a compartir experiencias vivides , locuras , fantacia , fetiches y de todo lo que nos podimos imaginar.

Me dijo te puedo llamar fue algo tentador y termine por decirle que si y comenzamos aquella conversación caliente , candente y excitante por aquel teléfono era muchas sensación empecé a calentarme demás y mi vagina a humedecerse comenzó a decirme si me quería tocar inmediatamente comencé hacerlo y el me daba las indicaciones de como hacerlo como tocar mi clítoris y introducir mis dedos en mi vagina imadiatamente mi mente se volvió muy sucia y me convertí en esa perra en celos desesperada comece a decirle cosas pervertida que se masturbara y imaginara que le estaba haciendo un sexo oral le dije escupetelo un poco para que sientas y imagines que es mi boca que lo tengo hasta la garganta ahogada de placer y locura imaginatete que me lo trago completo hasta llegar a tus testículo mientras le decía el me preguntaba si me estaba tocando yo muy zorra entre gemido respiración profunda y palabras sucia le respondía si papi me estoy tocando imagínate que esta sintiendo mi vagina grande, humedad y profunda que estas penetrando con tu gran pene grande y grueso y después me lo sacas y me hupas la vagina tragandote todo mis fluidos mamandome ese clítoris como si lo quisieras arrancar estaba tan excitada que comencé a chuparme mis dedos para saboria mi mismo flujo mientras nuestra imaginación volaba nuestra calentura era mas intensa queríamos poder salirnos de eso teléfonos era tanto la excitación de lujuria desquisiante que por un momento logramos transportarnos en pura imaginación mi mente volaba toda loca me sentía placenteramente zorra le dije imagínate que estamos en pleno acto y entra tu primo y lo invitamos a el a que se nos una y mientras tu me das por la vagina intentamos que el me lo meta por el culo nos imaginamos cada parte de esa película que nos habíamos creado en la mente yo esta excitada a mil eso siempre había sido mi fantasía sexual mientras nos decíamos palabras sucias y pervertidas le decía si papi deme duro soy tu maldita perra dame duros como puede en lo excitada que esta sin dejar de tocar mi vagina estire un brazo a la mesita de noche donde estaba un desodorande que tenia una muy buena forma ovalado sin pensarlo lo metí a mi boca y lo moje con mi saliva y mientras me tocaba me lo fue introduciendo lentamente en mi ano fue el dolor mas placentero que sentí el se volvió loco y me gritaba eres una maldita perra gemía y su reputación era muy fuerte yo tada loca de pacer me quería meter toda la mano el la vagina y el me decía si puedes quien es mi perra no se como lo logre pero lo hice estaba tan húmeda que se me hizo facil era la sensación mas loca de mi vida podía ver como el se quería arrancar su miembro de lo excitado que esta se daba para arriba y para abajo sin paras se veía como su fluido bajaba por su pene sin pensarlo toda loca Lamí la pantalla la calentura no me dejaba pensar le dije que se tocara con la chema de su dedo pulgar su ano que lo intentara como fuese y no le diera miedo el lo hizo sin pensarlo eso lo volvió loco podia verlo en el video era algo loco veía como su pene se templaba eso me descontrolo demasiado ya no sabia que inventar y que hacer pero estaba loca de excitación y el gemía muy fuerte yo lamia la pantalla agarre el teléfono y me fua a la cocida lo puse en el mesón y saque un pepino grande y grueso de la nevera no sabia como saciar mi deseo loco y desquiciado y me lo metí dejándolo ver como me lo metía casi completo el se descontroló y no dejaba de tocarce y se quería venir esta desbordada la excitación yo le decía si papi dame mi leche todita la quiero y su gemido y su respiración eran el sonido mas delicioso el acabo la pantalla de su teléfono se lleno de su leche y yo toda zorra lamiendo la pantalla del mio y allí todo termino tuve los órganos mas delicioso que pude tener en mi vida descubrí que tenia una imaginación sucia y pervertida nos quedamos viéndonos por un rato nuestros ojos orbitados de tanta excitación y decidimos terminar la vídeo llamada de esa noche eso se volvió un vicio para los dos nos hacemos esas vídeo llamadas frecuentemente inventando nos cada suciesa y preven
Vista con Título | Refiere un Amigo |
Mis deseos
Publicado en:11 Agosto 2019 8:35 am
Última actualización en:25 Agosto 2019 3:30 pm
168 vistas

Ven a mi regazo» dijo. Y mientras alargaba los brazos a mis hombros, me aparté el pelo de medio lado para sentir los latidos de mi amiga; el único consuelo que me podía proporcionar ese cálido sonido rítmico. Y se aceleraba más y más su corazón que animaba mi triste alma. Desaparecieron las lágrimas de mis mejillas y el recuerdo de aquel hombre que un día prometió amarme. «No te merece, no te merece…» repetía susurrando. Y me lo empecé a creer. No me merecía.

Cada centímetro de mi cuerpo que le proporcioné, cada gemido en su oído, cada arañazo en su musculada espalda; nada. No era suya por más que lo intenté. Y es que ahora me encontraba en el verdadero hogar de una mujer. «No, nunca me mereció. Ahora lo sé» admití. Y sus ojos se abrieron como platos. Dos grandes lunas grises me miraban, algo confusos, cuestionando mi respuesta, tratándola de incompleta. Aparté entonces un mechón de su oscuro cabello que se enredaban por sus pestañas y se posaba en sus labios, entreabiertos, que inspiraban el aire caliente que sonrojaba mis mejillas. «A qué te refieres cuando dices: ahora» dijo pausada, cuidando sus palabras. «Sencillamente a que me ha torturado los últimos tres años y que tú me has curado con tan solo un abrazo». Me aparté avergonzada de mis propias declaraciones. Quizás las malinterprete, quizás me mire como un bicho raro. «No te apartes, acércate más. Quiero seguir curando tus heridas». Metió su indice derecho en el cuello de mi camisa, rozó mi pecho y desató el primer botón dejando entrever mi sujetador que contrastaba con mi blanca piel. La miré asustada, como un cachorro perdido en el bosque, mas no retrocedí ni un centímetro. Me había convertido en el deseo de aquella mujer que creía conocer bien.

Se deslizó ocho centímetros más abajo, con su indice de nuevo, hasta llegar al siguiente pequeño botón. Temblé, creo recordar, y cerré los ojos esperando a que lo desatara. Y así fue, con un leve gesto burló el cierre de la camisa entallada que llevaba. Abrí de nuevo los ojos y fue realmente gratificante ver como no separaba su mirada de mi pecho ya casi descubierto.

Sabía que el encaje era sexy, pero no era mi lencería la protagonista de su perversión, sino mi pecho; pecho que esculpía mi figura; pecho que ardía en ese momento por un deseo incomprendido. «Eres preciosa» susurró «Incluso así, sonrojada». Estaba en lo cierto, al igual que mi pecho ardía, mis mejillas estaban en plena ebullición. Volvieron los ocho centímetros de distancia hasta el otro obstáculo a mi desnudez. Ejecutó de nuevo el desatar, como en un ritual: Desabrochaba, alzaba la mirada y volvía a recorrer con su dedo el filo de la camisa. Llegó al fin a mi ombligo. Era excitante. Me hacía cosquillas. Contraje el abdomen por los escalofríos que me provocaba. Eso me recordó a una imagen muy inocente que guardaba con cariño en mi memoria: Años atrás, casi con el mismo patrón de conducta, ella me cuidaba debajo de la mesa de la cocina de la que por entonces era mi casa. Mi pez de colores había muerto y lloré desconsolada toda la tarde. Ella me preparó torpemente la merienda. Creo recordar que teníamos entre seis o siete años. Tras merendar, me apartó las migas de la cara, y debido a mi sonrisa, se pasó horas acariciándome. Fue un acto de amistad e inocencia de una . Esto, desde luego, no lo era.

«¿Te atreves a acercarte? No voy a hacerte daño». Sonaba convincente. Y me acerqué con el torso descubierto. Deslizó su mano derecha por mi clavícula, caminó con sus dedos, jugueteando, por mi cuello hasta mi oreja. Palpó delicadamente los finos pendientes de oro blanco que llevaba. «Me los regaló él. Son muy caros» dije desacertadamente. «Bien» suspiró «pero lo que te voy a hacer hoy no tiene ». Entrelazó sus dedos en mi pelo, tiró hacia atrás y lamió con dulzura la curva que conectaba mi hombro con mi mandíbula. Nunca me había sentido así, como un delicado manjar. Como un buen vino en cristal de Bohemia, en manos de una verdadera experta.

¿Dónde estaba? No lo sé, pero era ahí donde quería estar. Su lengua no dejaba de trazar pequeñas líneas, finas, curvas algunas, húmedas, en mi piel. Empezó a intercalar su lengua con sus labios. Me daba pequeños besos, a modo de camino, debajo de mi mentón. Paró, me pilló por sorpresa. Asombrosamente no quería que terminase ahí todo. Abrí los ojos y vi que se levantaba lentamente.

Se acercó a la colección de botellas de la estantería de enfrente. Titubeó entre las etiquetas hasta elegir una, un vino de Burdeos, Château Margaux, creo recordar. Lo descorchó con gran soltura. Desde luego esas manos estaban hechas para abrir… y hasta ahora no me había fijado. Recogió de los estantes dos grandes copas, rellenó apenas unos centímetros y me cedió una copa. «¿Quieres emborracharme?» dije. «No creo que lo necesite, sinceramente» contestó hábilmente. Maldita sea, tenía razón. Me había metido en un callejón por mi propio pie y desde luego que no quería encontrar la salida. Estaba dispuesta a que una persona que conocía desde años, mi mejor amiga, mi compañera de clase en los años de escuela, mi confidente, mi cofre de secretos, me hiciera el amor; allí mismo, en el sofá de su casa, casa donde irrumpí con el corazón roto buscando consuelo. Me sentía egoísta y aturdida.

¿Por qué yo? ¿Por qué esto? Jamás me lo habría imaginado de ella. Sé que tuvo algún hacer amoroso, aunque últimamente no salía con nadie. De las dos, ella siempre fue la más reservada. Pero siempre imaginé que sus escarceos eran, naturalmente, con hombres. ¡¿Qué me iba a imaginar si no?! Me asombraba, pero el vino estaba delicioso y despertaba mi curiosidad. «Está rico. El vino, digo» rompí el silencio. «Has vuelto a la tierra al fin. Estabas muy pensativa, muy preciosa. Sí, está rico; tú lo estarás más». Esas palabras… esas palabras no eran para mí. Nunca me había sentido tan halagada.

Se acercó, me quitó la copa de la mano y la posó en la mesita. Ella estaba enfrente de mí. Su ombligo estaba a la altura de mis ojos. Posó sus manos en mi frente y retiro mi pelo detrás de mis orejas; la miré y posó sus ojos en mis ojos. Mis manos inexpertas decidieron actuar. Metí mis curiosos dedos por debajo de su camiseta mientras no dejaba de mirarla. Esbozó una sonrisa maliciosa y optó por ayudarme. Desnudo su torso y descubrí que era increíblemente suave y terso. Nunca la había tocado con deseo, mas si la vi desnuda mil y una vez, pero nunca así, totalmente sensual y entera para mí.

Me levanté dudosa del sofá y me acerqué a ella. Nuestros pechos recubiertos de fino encaje (aún) se rozaron, entrelazamos nuestros brazos, mis dedos en su pelo cayendo por su espalda, sus manos agarrando con fuerza mi trasero, apretándose a mí. Al fin nuestras narices se juntaron, entre suspiros entrecortados. Ella trataba de disimular una sonrisa, pero le era imposible. Por ello me vino a la mente el pensar cuánto tiempo llevaba deseando esto. Yo nunca me lo planteé, pero por cómo se comportaba podía ver que esto lo deseaba desde hace tiempo. ¡Oh Dios mío! Yo también quiero curar sus heridas. Me abalancé bruscamente a sus labios, la agarré de su hermosa cara, y la besé (o me besó) como si mi único alimento fuera su saliva, como si mi único aire fuera su aliento.

Recuerdo su lengua como un jugoso apéndice rosa entrelazando la mía. Húmedas y cálidas. Sus labios solapaban los míos y sus perfectos dientes los atrapaba de vez en cuando con suavidad; siempre con suavidad. Lógicamente, imberbe, apoyaba su mejilla contra la mi mejilla cuando alcanzaba a besarme el lóbulo con el carísimo pendiente. «No sabes cuánto deseaba esto, Noa» dijo con razón, porque no, no lo sabía. Pero quería saberlo, quería curarle y devolverle todo aquello que me dio sin pedirme nada a cambio durante años. Debió ser un auténtico infierno aguantar mis pataletas por hombres que me destruían por dentro mientras ella asentía a ayudarme cada vez que lo necesitaba.

«¿Cuánto lo deseabas?» pregunté entre besos «Lo suficiente como para hacerte el amor aquí y ahora. Ven aquí». Me agarro la cara. Sus besos eran intensos, los más intensos que me dieron hasta ahora, quitando, claro, la violenta ráfaga de «besos» cargados de testosterona que me daba mi exnovio. Era gratificante ver cuánto me necesitaba. Era pasión en estado puro. «Voy a desnudarte» me susurró, y me sentí libre.

Se aferró a mi espalda buscando el broche del sujetador de encaje negro que llevaba. Con un leve “click” la lencería se desprendió de mi pecho. Los tirantes se deslizaron por mis brazos a modo de caricia. Cosquillas. Se me erizó la piel. Al verme casi plena, se abalanzó a mi clavícula con sus labios, y comenzó a besarme por el pecho, entre mis senos mientras los acariciaba tímidamente con la yema de sus dedos, mi ombligo… hasta llegar a la fina línea del encaje asomando por mis vaqueros. Desabrochó el gran botón plateado «Levi´s Jean», bajó lentamente la cremallera. Alzó la mirada a mis ojos. Esto era increíblemente excitante: verla arrodillada en mi vientre, inspirando aire caliente. Bajó con decisión mis pantalones. Me empujó levemente y me dejé caer al sofá mientras ella me desabrochaba los botines y terminaba de quitarme los Jeans.

Se acercó a gatas, felina, a mi entrepierna, y con sus dedos repasó el dibujo de mis braguitas. Inspiré. «Muy bonitas, ya me las dejarás un día» dijo bromeando. «Cuando quieras…» ¡OH, DIOS, AHORA! Pues no dio tiempo a que terminara la frase: introdujo sus dedos por uno de los lados y tiro con fuerza hasta que las braguitas quedaron en mitad de mis muslos, a modo de liga. Me quedé aturdida, tanto, que perdí la noción del tiempo y de la realidad; pero la necesitaba tan cerca… «¡Ven aquí!» ordené. Por primera vez mis deseos se hicieron realidad a la primera, después de tantos años de desamores.

Me tumbó en el sofá, terminó de quitarme la ropa interior, se desabrochó los pantalones y se colocó a mi lado. Entrabamos muy juntas, pero era maravilloso sentirla tan de cerca, tan cerca como nunca había estado. «Vamos a ir despacio, no te preocupes. ¿Tienes frío? ¿Quieres que te tape?» «No» dije «Solo bésame». Volvió a obedecer mis órdenes. Si hubiera sabido esto hace dos horas, lo hubiera dado por imposible, una auténtica locura sin sentido. Pero esto era real. «Aquí y ahora» como ella dijo. Sus besos me reconfortaban, sus manos por mi cuerpo desnudo, trazando mis curvas; todo era perfecto o casi, porque yo también quería más, mucho más. Quedaba toda una vida
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Las dos chicas
Publicado en:9 Agosto 2019 8:11 am
Última actualización en:25 Agosto 2019 3:30 pm
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LAS DOS CHICAS ALTAS
Tenía 44 años y me encontraba en un trabajo. Allí conocía muchas chicas. Había dos jovencitas como de 30 años que eran muy altas y que siempre iban juntas. Una era morena y la otra rubia. La morena de pelo un poco más largo que la otra. Tenían dos corpachones pero no muy abultados senos.
No se fijaban nunca en mi a diferencia de las demás mujeres. Pero una vez me sorprendieron. Estábamos a ambos lados, de la puerta y quise entrar. Entonces la morena dijo:
-Deja pasar a esta belleza.
Me piropeo. Aunque creía que eran lesbianas. No recuerdo sus nombres, pero a la morena la vamos a llamar Carmen y a la rubia de pelo ensortijado y corto, Leticia.
Otro día me vino la morena que era la más lanzada.
¿Quieres venir una tarde con nosotras? -me dijo-. Nunca hemos estado con un hombre.
Por supuesto que dije que sí. Las dos eran muy bellas.
Fuimos a la casa de Carmen. Estaba la madre y a mí me dio vergüenza pero a la señora le daba igual.
Pasamos a una habitación donde había dos camas.
-No permitimos que nos toques- dijo Leticia- pero consentimos en que nos desnudemos y cada unos nos masturbemos.
Es lo que hicimos. Las dos desnudas tenían cuerpos macizos pero delgados. Un poco desgarbadas. Se besaron en la boca y se metieron las lenguas. Leticia toco los pechitos de la otra y pasó la lengua por sus pezones.
-Tú no te toques todavía-dijo Leticia.
Carmen se tumbo en la cama y Leticia le acarició el clítoris y luego le paso su lengua. ¡Que forma de tocarse tenían!
Se abrazaron una tumbada sobre la otra como si estuviesen follando.
Se dieron media vuelta y me invitaron en que me tumbar en medio en aquella cama no muy grande. Sólo pude notar la calidez de sus cuerpos pegados al mío. Brazos y piernas.
-Masturbémonos-. dijo Leticia.
Y cada uno se puso a tocarse. Las dos jadeaban y terminaban en un grito cuando tenían un orgasmo. Aquella situación me puso muy cachondo y termine eyaculando a mares. Y gritando quizás forzadamente. Como nos movimos frenéticamente.
Aunque me quedé con ganas de catarlas.
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