PASIONES, LUJURIAS Y RAREZAS
 
La mente es un universo.

Existen tantos universos como mentes en este mundo.

No intentemos explorar otros universos hasta no conocer un poco el nuestro.

Os invito a un viaje excitante por mi universo. Es gratuito, dejaros llevar, disfrutad de mí y para mí. Y por supuesto conmigo.


“Cada objetivo conseguido y cada orgasmo disfrutado son un paso más hacia la felicidad absoluta”. T. Towers.




Para cualquier sugerencia o visita personal por mi universo no dudéis en comentarlo en Y a partir de ahora que
Vista con Título | Refiere un Amigo |
Diario de Follamigos XV (No son bromas)
Publicado en:23 Febrero 2018 11:52 am
Última actualización en:24 Febrero 2018 10:02 am
75 vistas
Nunca hagas mucha broma con este tipo de relaciones. Y por supuesto no insinúes que, en vez de quedarme en casa solo, podría irme con ella y sus amigas. Ni de coña, de que vas… entre otras lindeces. Mis amigos me han abandonado esta noche, o yo a ellos, no lo sé, pero la verdad es que nada ni nadie me mueve de casa. Tengo claro que película ver, que cenar y que visitar. Por eso cuando le he dicho que se tranquilizara se ha percatado que le había tomado el pelo. Exasperación y calma a partes iguales. Aunque lo he pagado ante su indiferencia cuando le he dejado caer que antes de irse por ahí viniese a verme.

Tirado en el sofá, desaliñado e indiferente ante todo. Quizás me he quedado adormilado o ha sido siesta de pijama y orinal. No lo sé. Pero el timbre ha sonado y casi sin tiempo a reaccionar he visto por el video portero su figura. Y al cruzar la puerta no he podido evitar decirle que está guapa. Aún con jersey grueso por el frío o friolera que es. Jeans rotos de una moda que no acierto a comprender y una chaqueta imitación de piel. Al menos vio en mi mirada que ahora no bromeaba. Como vio que me había sorprendido la visita.

También le ha sorprendido que llevara los pantalones del pijama puestos. Tantas veces que le había dicho que me gustaba ir desnudo por casa. No tardó en refregármelo por la cara. Su venganza particular.

Tenía ganas de verme antes de quedar con sus amigas, aunque iba con el tiempo justo. Iban a las tascas, cena y disco. Como cualquier fin de semana le dije al igual que se lo pasara muy bien. Mi plan, diferente al suyo, pero tampoco mal plan. Aun así su perfume me comenzaba a embriagar y solamente le pedí que se despojara del jersey por una cosa, dejar al descubierto su cuello. Un beso en ese cuello es transportarme a otro lugar, succionar sin marcar y conseguir que se notara la erección en el pantalón.

Allí sentado, con el pantalón ya por los tobillos, su mano derecha comenzó la danza. Se nota que había depurado su técnica y más cuando las primeras veces parecía dándole a la zambomba un epiléptico. A veces le recordaba como sabía que también veía porno aunque ella al principio lo negó. Pero ya sabía que, lo que tenía entre sus dedos, tenía su técnica. Y ella se afanaba en perfeccionarla.



El vaivén de su mano era colosal. Deteniéndose en el momento justo, volviendo a comenzar. Pulgar en el glande, palma de la mano en los testículos. Mirada fija en el falo. Yo solo alcanzaba a acariciar sus hombros y juguetear con su pelo. Quise desabrocharle el sujetador, acariciar esos pezones que imaginaba duros. Arrancarle los pantalones y, con el tanga por los tobillos, follarmela a cuatro en el sofá.
Ese pensamiento y su destreza consiguió que la verga goteara y ella no lo desaprovechó.



Tuve que cerrar los ojos y dejar de pensar. Disfrutar cada segundo la humedad y la saliva recorriendo mi erguido tronco. Su diestra mano se situaba como tope al continuo movimiento de su rostro. Por momentos se detenía y, entonces, esa era la mano la que movía el pellejo de mi pene.



Y, por primera vez, conscientemente, agarre su cabeza y quitándole la mano, intenté que la engullera toda. Más que por el tamaño era por el grosor. No se detuvo. Gimoteó. Y, al segundo intento ya no hizo falta mi mano sobre ella. Tampoco hizo falta mucho rato cuando comenzamos a sentir ambos el ascenso por el tronco de lo inevitable. Más aun cuando sintió temblar mis piernas. Lo último que vi, lo sentí luego en mis labios. Un beso con sabor a mi.



El agua del grifo del lavabo dejó de correr. Apareció de nuevo con el jersey puesto y un caramelo en la boca. Llegaba tarde y ya tenía varios mensajes en el móvil.

“Diles que te apetecía comerte la chistorra de tu cuarentón”… Por supuesto, que ni de broma se lo dije. Lo pensé, pero esta vez pude detener las palabras que ya viajaban del cerebro a la boca. En vez de eso, le volví a decir lo que no era broma, aun la veía mas guapa. Aunque creo que a ella le gustó más que le dijera que se lo pasara bien esa noche.

Y aquí estoy. Recién duchado y escribiendo este post. Un viernes noche en donde, mientras unos están de juerga otros estamos conectados a la red o a la tv.
3 comentarios
Diario de Follamigos XIV (El Masaje)
Publicado en:16 Febrero 2018 11:49 am
Última actualización en:23 Febrero 2018 11:44 am
308 vistas
Hace frío en la calle, pero no llueve. Me encanta estar en casa, a temperatura ambiente, desnudo, asomado a la ventana sabiendo que fuera debería estar abrigado. Si lloviera aún sería mejor. Acompañado, frío y lluvia, el trinomio perfecto. Pero quien afirma que la vida es perfecta.

Suena el timbre de casa. Ha llegado antes de la hora acordada y casi no me da tiempo a terminarme el cigarro. Al entrar me confirma que, en efecto, hace frío, pero no llueve. Aunque también me afirma, mirando hacia abajo, que frío tengo poco.
Había llegado antes de lo acordado. Impaciente por la sorpresa que le dije que tenía preparada. Hice que pasara al salón y, siguiendo las normas de la casa, se desnudará. Dejándose en principio solamente las braguitas puestas.



La dejé abandonada en el sofá. No más de quince minutos hasta que le dije que ya podía pasar a la habitación. Luces tenues, velas aromatizadas, música melodiosa. Ojos como platos. Suavemente mis dedos arrastraron esas braguitas hacia el suelo, no sin antes dar, igual de suave, un beso, en su pubis nervioso. Tumbada boca abajo, con la cabeza asentada en un cojín, le cubrí sus preciosas nalgas con una toalla. De pie, enfrente de ella, le pedí que pusiera la maquinaria en marcha. Dócilmente se llevó el glande a los labios. En un instante se endureció.



Despejé el pelo de su nuca. A horcajadas ya estaba encima de ella y el aceite recorriendo mis manos y su espalda. Cada trazo de mis dedos por su cuello, hombros y omoplatos eran acompañados por besos suaves. Mis nalgas se acoplaban a la perfección con las suyas y, mi sexo, a veces flácido, a veces erecto, sentía la suavidad de su piel. Descendían mis manos por su espina dorsal. Sutilmente señalada, mi lengua no podía evitar recorrerla también. La música se entremezclaba con suspiros. Su cintura se contraía a cada roce de mis manos mojadas. La toalla cubrió sus lumbares dejando sus nalgas al descubierto.

Resplandecientes por el aceite aplicado y duras. Primero la derecha, luego la izquierda. Más tarde, separadas, pude ver la estrechez de esa puerta trasera y entendí que no se atreviera a meterse esa gruesa verga que se alzaba al aire. Aún así lo masajee, con suma delicadeza. El suspiro se volvió en queja diciéndome que por ahí no. La tranquilicé diciéndole que confiara en mí. Su sexo palpitaba.

Cuál fue su sorpresa cuando abandoné aquel manjar dispuesto y continué a lo nuestro. Ahora sus muslos, alternando, sus gemelos endurecidos. Mas aciete. Sus pies. Masajeaba uno mientras apoyaba el otro en mi entrepierna. Quería que notara que, la situación, también me excitaba, y que lo viera. Hice que se volteara, que mirara la dureza que notaba en sus pies. Y comencé el ritual a la inversa.
Ascendiendo por el interior de sus piernas, de sus muslos. Separándolos.

Acariciando esa sonrisa vertical que no necesitaba aceite alguno. Deseando probar su sabor no sin antes comprobar su calidez.





Deseaba tenerme dentro. O que no parara de lamerle, chuparle, introducir mi lengua en su cueva y vaciarse. No entendió que parara, que fuera de nuevo subiendo. Hasta que entendió lo que sucedía. Mi polla flácida iba arrastrándose por su pubis, vientre. No estaba preparada. Pero ella supo lo que debía hacer. Cómo y cuánto. Hasta que surgiera una lágrima del interior de mi glande.


La tranquilidad de los minutos anteriores se evaporaron. Dos cuerpos comenzaron a moverse compulsivamente al son del chapoteo de dos sexos al par también unidos.



Y ni recuerdo el momento en que la voltee. El temblor de mis rodillas calzadas al visco y los pocos envites que ya pude dar. Chorro de esperma que se mezcló con la aún oliosa piel. Poco más en su interior mientras ahora sí su éxtasis llego a mí.



De pie, sobre la ventana, aparté la cortina. Encendí un cigarro y la miré, allí tumbada. Esta vez no le importó que mis restos se agrietaran en su piel. Tampoco le importaba que la escrutara con ojos lascivos. Sabía perfectamente que esa noche ya no habría más. El encanto no debía romperse y, con creces, habíamos superado aquellos polvos banales de encuentros anteriores.

Volví la cabeza hacia la calle y ésta estaba mojada. Había llovido y ni nos habíamos enterado. Lo dicho, no fue perfecto, pero casi lo rozamos.

11 comentarios
Diario de follamigos XIII (Adorador de coños)
Publicado en:9 Febrero 2018 12:03 pm
Última actualización en:17 Febrero 2018 1:36 am
805 vistas
Y no me importa reconocerlo. Quizás sea una fijación oral, pero no entiendo una relación sexual sin que me permitan bajarme al pilón. Esa sería mi única condición. Me gusta. Y gusta.

Ella lo sabe. Y le encanta tener a alguien a quien, además de comerle la chistorra, se digne a saborear las mieles de su entrepierna. Además, quien soy yo para quitarle la excitación de tener a un cuarentón de lengua dócil.

Por eso a veces me sorprendía cuando, sin previos, bajaba mi cabeza entre sus muslos abiertos. A mi me gusta recorrer a besos el cuerpo de una mujer. De norte a sur, desde la frente, pasando por la nariz, labios, la prominencia de su barbilla por la ladera del cuello, escalar la montaña y hacer cima para luego descender por el vientre hasta llegar al bosque o desierto, según se tercie, que albergará la humedad de mi lengua.

Pero no siempre me permitía realizar ese recorrido. Simplemente tenía ganas y no prisas. Y más cuando llevábamos tiempo sin vernos. No le pregunté si me echaba de menos mi presencia o bien mi lengua en su coño. No por miedo a la contestación sino más bien miedo a que me preguntara si la echaba de menos a ella o a su coño. Pregunta trampa.



Ahí estaba yo, dándole a la sin hueso mientras observaba la reacción en su rostro desde la perspectiva que se tiene desde ahí abajo. Ni siquiera había dejado ni había querido desnudarse del todo. Al fin y al cabo ella es la que suele llevar la iniciativa, se recoloca, abre o cierra a su antojo, contonea sus labios sobre los míos, o simplemente deja que mi lengua haga su trabajo.




Y al final pasa lo que pasa. Te detienes un momento, de rodillas frente a ella, con la verga tiesa y sudorosa. No había hecho falta que hiciera nada. Solamente ofrecerme esa vulva abierta, resplandeciente de saliva y jugos. Caliente. Absorbente. La unión de dos bosques púbicos mojados en breve.



Y así es como acabó. Los embistes lubricados llegaron al clímax. Y si, después, hubo besos y caricias. Silencios rotos por respiraciones agitadas.
3 comentarios
Diario de Follamigos XII (Tiempos de reflexión)
Publicado en:2 Febrero 2018 11:49 am
Última actualización en:3 Febrero 2018 4:32 am
932 vistas
Muchas veces la soledad es tan traicionera que, aun estando acompañado, es como si no lo estuvieras. Pasan los días, las semanas y solamente te acompañan los pensamientos. Luchas contra ellos diciéndote a ti mismo que debes disfrutar cada día, que el mañana nunca sabrás que te deparará, para que finalmente te des cuenta que las manidas frases de autoayuda no sirven para nada.

Todos pretendemos vivir en un mundo perfecto. Nuestro mundo. Tengamos la edad que tengamos. Sintiéndonos o siendo más jóvenes o más maduros de lo que en realidad somos. Lo hables con alguien de 50 o de 30, da igual. El ser humano es inconformista por naturaleza.

Y esta disquisición me venía a la cabeza mientras veía como ella dormía. Ese polvo no había sido para recordar. Casi podría decir que fue uno rutinario. Los preliminares no acompañaron. Nuestros problemas tampoco. Ella con los suyos y yo con los míos. Problemas individualizados.

Intentas ayudar y que te ayuden. Pero al final siempre llegas a esa frase tan socorrida de “todo pasa”. E intentas ayudar cuando también necesitas ser ayudado. Sonreír porque es así como te conocen. Y te sientes una mierda porque piensas que al final estamos para lo que estamos.

Y como una droga, estar juntos es un rato de felicidad. Un subidón que desaparece por el paso del tiempo. Pero lo de hoy fue como un mal chute. Quizás ambos queríamos acabar antes de empezar.

Mientras, ella dormía, y la tarde, languidecía.



En breve de nuevo cada cual a la suya. Con lo suyo. Y cuando sale por la puerta con la mochila a la espalda, me viene a la cabeza que todos cargamos una mochila, más o menos pesada, pero mochila al fin y al cabo. Me enciendo un cigarro en la cocina, abro el portátil y dejo lo escrito.


3 comentarios
Diario de Follamigos XI (Enfermera)
Publicado en:26 Enero 2018 10:51 am
Última actualización en:3 Febrero 2018 4:33 am
937 vistas




Allí estaba tumbado y a la espera que dijera que me pasaba.



Según ella no había tratado ningún síntoma parecido. Aunque en sus ojos intuía que no decía del todo la verdad. Y allí, con la hinchazón de mi entrepierna, mi enfermera se paseaba mientras barruntaba el tratamiento.



Con ella a los pies de la cama. Cogió uno de mis pies y, de rodillas, fue ascendiendo con sus suaves manos sobre mis gemelos e interior de muslos. Lo primero que se le ocurría era acariciar mis testículos y asir con las manos el falo hinchado.



No era la solución. En vez de amainar el grosor, este se endurecía más. Me obligaba a cerrar los ojos. El segundo tratamiento era bastante más directo. Y, lo que yo imaginaba, empapó mi sexo en algo que no venía de mí. Aunque gimoteó que estaba buena, se detuvo, de repente, diciendo que esa tampoco era la solución y, que se debería pasar a una receta más oral.



Más oral que eso, le pregunté. Aunque sus pezón derecho, duro cual castaña pilonga, ya se encontraba absorbido por mi boca. Perdí el control, aunque creo que nunca lo tuve. Mamaba y engullía ese seno, mi mano derecha apretaba el libre y, mi cadera servía de almohada para un sexo ya humedecido contoneándose arriba y abajo. Sin tiempo a más, sus piernas ya estaban rodeando mi cuello y el olor de su coño inundando mis fosas nasales. Y, esta vez, otros labios, son los que buscaron los míos a ritmo de movimientos pélvicos. Intentando tensar lo máxima la lengua, endurecerla para que recorriera lo máximo posible aquella cueva mojada. Ese instante en el cual, por momentos, pareciera que me ahogaba en jugos vaginales.



Entre jadeos y chapoteos cunnilingus creí escuchar que ya tenía el remedio. Me dejó parte de su sabor en los labios. Descendiendo ágil, envainando con destreza e introduciendo la verga desatada dentro de su ser. Sus manos aprisionaban mi torso. Enloquecía de placer deseando que nunca se acabara. Mis manos se perdían por sus nalgas, su cintura, sus pechos.



Me corrí. Ella no se detuvo hasta conseguir el suyo, dejándose caer sobre mí. El tratamiento había funcionado y allí estaba, un sexo languidecido y aún cubierto de látex. Ana lo desenvaino ahora. Viscoso lo dirigió a su vientre y lo vació. “Ves, ese era el problema que tenías”.



Allí, de pie, desnudo y feliz. Viendo cómo se duchaba. Si el tiempo se pudiera detener, por un minuto, ese hubiera sido el instante. Le dije a mi enfermera que necesitaría un tratamiento rápido. La hinchazón de la entrepierna estaba volviendo a repetirse. Su contestación fue tajante. Su turno había acabado.


12 comentarios
Diario de Follamigos X (Perfectos Desconocidos)
Publicado en:19 Enero 2018 10:10 am
Última actualización en:27 Enero 2018 2:53 am
1305 vistas
Le extrañó que aparcara en el parking lejos de la entrada del centro comercial. Más aún siendo un martes por la tarde y estando el aparcamiento vacío. El coche quedaba abandonado a su suerte y nosotros nos dirigíamos a ver una película en los cines de dicho centro comercial. Lo único que le había pedido es que se pusiera una faldita corta, claro está, acompañada de unas medias que se ajustaban férreamente a sus prietos muslos. La excusa en aparcar tan lejos fue que me gustaba ir a lado de una mujer tan hermosa y que además lo demostrara. Soy de los que me gusta que la mujer, si lo desea, vista, se comporte y haga lo que desee. Aunque sea mi pareja.



La sala estaba vacía. Era la primera sesión de un día laboral. Película española. Butacas a elegir. Quizás entraron tres o cuatro personas más. Yo solamente esperaba a que las luces se apagaran y que nuestros besos furtivos fueran a más. Pero no fue así. Los trailers pasaron con más pena que gloria y tenerla al lado, de por sí, ya era mera excitación para mi.

Pero el tiempo pasaba y mi mano derecha no podía más que acariciar sus rodillas protegidas, ascendiendo por unos muslos, otrora cerrados, que los besos en su lóbulo izquierdo descendiendo por la vena de su precioso cuello consiguieron separar. Mis dedos consiguieron suavizar el roce de la media en su muslo. Su cabeza reposó sobre mi hombro, a la par que mi mano, en un movimiento inverosímil de muñeca, cubrió ahora sí, su sexo entelado. Un suspiro llegó a mi oído.

Los destellos de la pantalla era lo único que me dejaban ver, de tanto en tanto, las reacciones del rostro de Ana al movimiento de mi mano. Un suspiro más prolongado me indicó que el índice y el corazón acertaron a la hora de apartar la suave tela de la braguita humedecida, labios henchidos y suave olor almizclado. Movimientos constantes, circulares, a veces con rudeza, otras con suavidad. La incomodidad del lugar daba igual, ella comenzaba a mover con suavidad sus caderas, yo imaginaba que estaba volviendo a ver esa vulva tan sabrosa.



Apretó los muslos con mis dedos en su interior apretados por la tela de sus bragas. Gimió ahogada a mi oído. Mis dedos se empapaban. El tiempo, ahora sí, pareció haberse detenido. Hasta que, con la respiración aún acelerada observó cómo me llevaba mis dedos mojados a la boca. No dijimos nada. La película acabó.
Salimos hacia el coche no sin antes ella pasara por el cuarto de baño. Tan solo me comentó que si lo hubiera sabido se hubiera traído unas de repuesto. El aparcamiento se había llenado un poco más, pero el coche estaba aún allí, solitario. Se sorprendió que tardará en arrancar, pero no cuando comencé a desabrocharme los botones del pantalón y, mi verga, flácida surgió. El temor del principio desapareció cuando se cerciono que no había nadie alrededor. Su sonrisa desapareció cuando el pelo cubrió su rostro y los labios la polla.

Al ritmo del Ni tu ni Nadie en Cadena Cien, Ana consiguió que una de mis manos asiara con fuerza el volante, y la otra su nalga desnuda. Le suplicaba que no parara y, aún tengo la duda si fue la luz fugaz de los faros de un coche lo que al final hizo que me corriera, aunque ella ni siquiera hiciera ademán en apartarse.



La leve mancha en el pantalón no fue acorde al chorromoco surgido. Cuando me besó en la boca comprendí donde había acabado el resto. La dejé en casa con la promesa de volverlo a repetir. Cuando llegué a casa y ya en la ducha tuve que masturbarme. Ella lo supo porque le pedí que viniera, que tenia ganas de más. Pero no pudo. Aunque también me confesó que aprovechó que sus parientes estaban viendo El Hormiguero para desfogarse.


19 comentarios
Diario de follamigos IX (Sorpresita)
Publicado en:12 Enero 2018 10:08 am
Última actualización en:26 Enero 2018 11:05 am
1179 vistas
Han pasado varias semanas sin vernos. Ana tiene su vida, yo la mía. Sin reproches. Algún que otro mensaje y poco más. Sobre todo por estas fechas. Que decir que algún mensaje subido de tono nos intercambiamos y que decir que alguna que otra paja me hice pensando que ella haría lo mismo pensando en mí. También, porque negarlo, pensar que ya no había recorrido posible a esta extraña relación. Fue bonito (y bueno) mientras duró, aunque seguía durando.

La excusa era un café, aunque Ana dejó caer que tenía una sorpresita para mí. Pero al verla entrar en la cafetería, estaba igual, como siempre, altiva, segura y sonriente. Y, aunque en el local, la calefacción apretaba (o tal vez era yo) ella no se quitó la chaqueta, aunque se entreveía entre los botones sus erguidos senos… y algo más.

Está claro que vamos conociendo los intríngulis de nuestras quedadas. Cafetería en el centro de Castellón, cada uno a su casa. Cafetería por las afueras, los dos en la mía. Y ese día fue a las afueras, y ese día el ascensor fue el primer testigo de dos bocas comiéndose, de unas manos que abordaron el interior de aquella chaqueta y recorrieron una espalda desnuda, y, lo que intuí antes era real, sus pezones apretaban la tela, desafiantes y su mano apretaba mi entrepierna, endurecida.

Pensaba que el que no llevara sostén era su sorpresa. Insinuar que, sus erectos pezones señalaban que me necesitaba, que echaba de menos tantos días sin vernos. Que ya en el salón la ropa iba cayendo a mordiscos, que ninguno de los dos estábamos fríos, al contrario, nuestros cuerpos ardían. Tropiezos, risas, besos, lamidas y allí se dirigía ella a tumbarse en la cama, abriendo las piernas y pidiéndome que empezara. Quien era yo para negarme, la eché tanto de menos…



Mis dedos, mis labios. Sabían a su esencia. Sus gemidos y movimientos pélvicos finales fueron el culmen. Hace años aprendí que no hay que luchar, sino acompañar. Y mi boca lo hacía, hasta que la sabana albergaba su flujo ensalivado. Y allí tumbado con la verga flácida, esperando la primera mamada que proseguía al primer acto, vi que se marchaba.

Dónde vas?

Te dije que tenía una sorpresita.- dijo mientras salía de la habitación.
Nada más oí. Hasta que entró con un antifaz en la mano, una sonrisa en los labios y una mirada que me acompañó en la oscuridad.

Aliento, textura, saliva, imaginación. Lo que la vista no alcanza, lo hace el resto de sentidos. Indefenso a la par que sumido en una excitación sobrehumana mientras ella disfrutaba de mi cuerpo. Lo oía, lo sentía. Sus pechos recorrían mis labios esporádicamente, sus manos en mi torso y su lengua recorriendo mi cuello y acompañando hacia abajo a sus pechos. La dureza de mi sexo fue engullida, desde el glande desnudo hasta lo que llegué a sentir. Sin cortapisas.



Ahora era yo el que gemía. Mezcla de súplica y placer. Mi oído afinaba hacia el chapoteo de una polla ensalivada. Mezclaba el deseo de vaciarme en su boca con el que me cabalgara hasta que fuera ella la que me vaciara. Y con esa dualidad mental sentí como la envainaba e introducía en el calor de esa cueva que mis labios bien conocía.

Manos a ciegas intentando asir sus pechos bamboleantes. Clítoris refregándose sobre mi pubis con movimientos acompasados. Unidos por gemidos, unidos por los sexos. Me arranqué el antifaz y pude llegar a ver esa unión



Lo último que vi cuando mi cuerpo, espasmódicamente comenzó a acompañar a una abundante eyaculación. Ella, apretando sus muslos, pedía más. El último recuerdo fueron dos cuerpos exhaustos junto a respiraciones exhaustas entre las cuelas solamente pude decir “joder con la sorpresita”.
5 comentarios
Cuánta razón P. Vazquez
Publicado en:7 Enero 2018 3:54 am
Última actualización en:19 Enero 2018 10:17 am
1205 vistas
“El porno ha hecho mucho daño porque muchos hombre siguen pensando que necesitan cabalgarnos. Y no: queremos hombres sensibles, que sepan dar masajitos y darte besitos en el cuello. Y, a veces, cuidarte es dejarte el tupper hecho”

"no hace falta la erección para hacer feliz a una mujer. Están las manos, la boca…”.

“Con los años he aprendido a pedir. Antes me daba vergüenza pedir lo que me gustaba. Ahora lo pido incluso antes de llegar al postre. No pasa nada por pedir. Te hace una mujer segura de ti misma y no hay nada más atractivo que una mujer segura de sí misma”


Extractos de una entrevista con la “desaparecida” presentadora. Y cuánta razón. Y qué pocas mujeres así se encuentran, porque existir deben existir, no serán unicornios rosas.
Pero dominan los machos alfas. Alguien sensible es devorado por la naturaleza. Creo que lo llaman selección. Por eso muchas veces ya ni entras al juego.

Así es, una mirada, una sonrisa o un simple como estás. Una caricia, un beso, unir los dos cuerpos. Y porque no, que sean ellas las que cabalguen, no querida Paula. Pasaría algo?

Vergüenza. Decir a tu acompañante, pareja, amigo, lo que quieres, lo que te gusta, lo que deseas. O no tenéis fantasías?. Yo sí. Y, razón querida Paula, no pasa nada por pedir. Es atractivo, por supuesto, pero lo más importante… liberador.

Y podéis pensar que este post es incoherente con lo que escribo en este blog. Por la historia que me pueda estar pasando o que sea una fantasía o más bien ni una cosa ni otra. Pero que sea una mujer que tuvo su momento la que simplemente me haga estar de acuerdo con la idea de que exista una persona que no solamente llene mi cama, sino también mi mente.

Querida Paula, nunca me pareciste guapa ni atractiva, pero con esta entrevista he cambiado de opinión. Y rectificar es de hombres… y por supuesto de mujeres.

7 comentarios
Año nuevo, vida…
Publicado en:27 Deciembre 2017 3:47 am
Última actualización en:29 Deciembre 2017 3:48 am
1212 vistas
De limpieza.

Nos aproximamos a esa fecha en que todas/os nos volcamos en interiorizar lo que deseamos y exteriorizar lo banal.

Un día más. O mejor dicho, una noche más pero exagerada. Los inputs que absorbemos de tv, radio, prensa… nos mantienen ese espíritu, tal vez lo ensalza, pero, viéndolo con perspectiva somos los mismos, en el mismo lugar y con las mismas personas.

Y no pretendo ser el Grunch de la Navidad, o, en este caso, del año nuevo. Tan solo intento ser algo objetivo. Eso sí, cuando digo FELIZ AÑO NUEVO, lo digo de corazón. Y a quién se lo diga bien lo sabe.

Y por qué vida de limpieza. Sencillamente porque es lo que empiezo a hacer desde hoy mismo. Limpio casa, limpio el coche, limpio ropa, limpio sábanas, todo limpio para empezar el año.

Limpio ideas, limpio sueños, limpio deseos. El 2017 tuvo los suyos y perdió la oportunidad, quien sabe si el 2018 aprovechará la suya.

Limpio contactos. Eso es lo más fácil. Miras el teléfono, miras el correo y ahí los tienes, gente que no supiste de ella ni para bien ni para mal. Llegas al número de una mujer que te hizo sonreír por unas horas, dudas, pero fueron solamente unas horas. Delete.

Y finalmente te quedas con otro número que sabes que, a finales del 18 estará en la misma situación. Pero este si lo mantengo por egoísmo. Ella me da lo que quiero



A la par que ella tiene lo que desea.



A día de hoy.

Quedan cuatro días y la limpieza ya ha comenzado. Al final, una noche más, un día más en el cual intentarás imaginar lo bueno que te pueda deparar el año nuevo. Hasta que la realidad te devolverá al momento justo en el cual te encuentras.




11 comentarios
Siempre vemos…
Publicado en:23 Deciembre 2017 7:43 am
Última actualización en:27 Deciembre 2017 2:48 am
1232 vistas



… que la viga en el propio

Aun así os deseo a todas/os


13 comentarios
Diario de follamigos VIII (Silencios)
Publicado en:17 Deciembre 2017 2:24 am
Última actualización en:25 Deciembre 2017 3:07 am
1264 vistas
Castellón no es una ciudad grande. Bueno, como alguna vez he comentado es el lugar de los diez minutos. Siempre que te preguntan dónde está un sitio les indicas la dirección y dices a diez minutos. Pero cada vez se hace más grande y creo que ya se podría decir que es el pueblo de los quince minutos.
Más aun cuando en principio te podrías encontrar por la calle a cualquier conocido, amigo, ex amante, etc. Hasta la vecina del tercero de enfrente la podría ver en la esquina que separa nuestros portales. O bien a la vecina del primero, soltera, amante de los animales y poco más. Ni en el portal. Reconozco que yo también soy un despistado. Me considero el autista callejero que no ve, pero observa. O en otras palabras un despiste.

Por ese motivo, aquella noche me sorprendió verla, en aquella bocatería, en aquella mesa de uno de los muchas tascas que están implantando en Castellón. Ella también me vio y, en frío, creo que fueron miradas vergonzantes. Por mi parte, solamente mi mejor amigo conoce mi situación actual. El resto, pues cada cual tiene sus secretos y en su momento se ya se dieron cuenta cuando me fui con aquella camarera. Pero pensaban que solamente fue aquella noche, por eso tuve que aguantar unos instantes en el que solamente oía que allí estaba. La saludé y ella me lo devolvió cortésmente. Al menos, ninguno de los dos, disimulamos nuestras sonrisas.

Luego, silencio. Incómodo. Dos preguntas banales y retirada. Contaros las conversaciones que tuve durante la cena con mis amigos daría para muchos posts de insufrible aburrimiento. Solamente me sentí liberado cuando decidimos ir a un garito para tomar una copa. Por sus gustos sabía que no estaría allí. Y además, las probabilidades de volvernos a ver en esta ciudad ya se había cumplido. O eso pensé.

Al son de rock ochentero, mezcolanza con canciones de hoy en día de perreo continuo y grandes éxitos veraniegos. El local, para la hora que era ya estaba lleno y la fauna que allí nos hallábamos era de toda clase. Gente MHYV, trabajadores, estudiantes. Me sorprendió ver gente bastante más joven, aunque algunos, por altura y cuerpo, perdonad que lo diga, acojonaban. Giraba la cabeza y, de repente, gente más mayor que nosotros, mucho más. Hombres y mujeres. En la punta de la barra un señor mayor, cubata en mano, tirándole los trastos a la joven camarera escotada, la cual, toreaba la situación con una profesionalidad pasmosa. En uno de mis autismos inducidos quise no llegar a encontrarme en esa situación algún día, que todo tiene su tempo, aunque no sería yo quien criticara intentar ligar con una camarera.

Una mano en el hombro me hizo regresar a la realidad. Mira allí… dijo uno de mis amigos. Y allí estaba. No sin dificultad para ver por la gente que había, pude observar lo que la chaqueta tapaba en las tascas. Desde la sonrisa tranquila que ofrecía a su interlocutor, su pelo brillante y la camiseta de tirantes que dejaba entrever lo que, de los allí presentes, seguro que yo solo sabía… sus deliciosos pechos. El resto de cuerpos me impidieron ver el resto de su vestido, aunque intuía que iría en jeans. No era mucho de faldas.



Ella no me vio. O eso creí. Entre sus amigas, bailes y chicos merodeando miraba en silencio lo bien que se lo pasaba. La verdad era todo un espectáculo y me alegré. Solamente el confesor de mi aventura me incitó a acercarme a ella. Aunque enseguida se percató que ni era el momento ni el lugar. No por mí, sino por ella. Los Fabulosos Cadillacs atronaron y entonces fui yo el que me puse a bailar. La perdí de vista coincidiendo que ya nos íbamos a casa. Serían las dos de la mañana y rompimos nuestro record. Qué triste, con lo que éramos antes.

Al día siguiente por la tarde me sorprendió su llamada. Explicaciones sin pedírselas y bastante sorpresivas. Sus amigas no sabían nada. La única que estaba al tanto esa noche no estaba allí. La verdad es que me parecía todo algo surrealista e infantiloide. Por ambas partes claro. Más aun cuando se indignó porque no fuera a saludarla en el pub. En efecto ella no me había visto y no pude negarle que estaba realmente preciosa. Si me hubiera acercado a decirle algo quien sabe si hubiéramos acabado juntos, y claro está, ahora ya no lo sabría. Aun así me prometió que se volvería a poner ese top de tirantes pero esta vez con faldita, como a mí me gustaba. Y fuimos subiendo el tono de la conversación hasta que consiguió algo que hacía años que no había practicado, sexo telefónico. Consiguió que me corriera y, a su vez, que ella hiciera lo mismo al otro lado. Sus gemidos ahogados la delataron.
3 comentarios
Diario de follamigos VII (Despertares)
Publicado en:15 Deciembre 2017 10:48 am
Última actualización en:3 Febrero 2018 4:34 am
1279 vistas

Esa noche no abandonó la cama. Y esa noche no pasó nada. Más bien estuvimos hasta las tantas, ambos desnudos, hablando de los pormenores de la vida. Era tan revitalizante escuchar otro punto de vista, tan diferente al mío, que hasta me supo mal que, tras dos preguntas más, no obtuviera respuesta. Se había quedado dormida, en mi regazo. La sábana cubrió su cuerpo a la par que intentaba disimular una incipiente flacidez que a las tantas de la madrugada había regresado. En ese momento fue Morfeo quien se apoderó de mí.

Ese momento de vigilia. De no saber si estás dormido o despierto. Ese sueño húmedo donde sientes que tu entrepierna se humedece y algo blando la está recorriendo con suma languidez. Giré la cabeza pero ella no estaba ya a mi lado. Un aliento cálido en mi vientre me hizo bajar la mirada hacia una sábana abultada, que, al retirarla, dejaba a descubierto a Ana totalmente entregada. La flacidez de rato antes ya se había convertido en una erección más allá que la rutinaria matutina. Por momentos le rogaba que no fuera tan deprisa, que la saboreara, que no éramos actores porno. Ella no dejaba que la tocara, simplemente era ella la que me tocaba a mí. Por momentos su mano arengaba el tronco del falo mientras sus labios rodeaban el glande. En otros, su boca absorbía hasta mitad de dicho tronco. Miraba, sonreía, seguía. Y juro que le avisé, aunque el líquido preseminal ya fuera suficiente aviso. Aunque las venas de mi falo se hincharan y mi cuerpo se tensara. Iba a eyacular, sin remedio ya… se lo dije, pero ella no cedió.



Boca mojada con sabor a semen. Ese sabor que recorrió mi garganta en un beso profundo al son de unos buenos días. Hubiera detenido el tiempo, pero no hizo falta. La suavidad de su piel rozaba con la mía. Sus senos iban recorriendo mi torso al son de besos furtivos, en frente, labios, cuello. De tanto en tanto me ofrecía unos pezones tersos, sensibles a mis lengüetazos, a mis labios. Notaba como refregaba su sexo por mi vientre, como, casi sin darme cuenta, cogió con la mano mi sexo semi flácido y lo introducía en una cueva ardientemente húmeda. Mi verga se alzó buscando recovecos en su interior al son del baile de sus caderas.



Era su consolador de carne. Jugaba con ella como solía jugar con aquel vibrador que me mostró aquel día. Por momentos se la sacaba de dentro y rozaba por el capuchón del clítoris, para nuevamente volver a introducirla dentro y moverse espasmódicamente adelante y atrás dejando al descubierto sus labios mayores abiertos. Me corría. Agarraba las sábanas para evitarlo. Ella se excitaba aún más viendo el esfuerzo que hacía para darle placer. Y aún no sé cómo pude darle media vuelta y, a cuatro patas, tras no más de tres embestidas, lo que quedaba de antes surgió raudo hacia ella. Dos embestidas más, y su sexo prieto murió de placer con gritos ahogados en la almohada.



Nos fuimos a desayunar, como la otra vez. Ella tenía que regresar a su casa y un simple beso y un fugaz nos vemos hizo que regresara a casa con cierta languidez. Cierto es que, duchándome, pensé donde me llevaría esta clase de relación. A fecha de hoy sigo pensando que mejor no pensar.

5 comentarios
Diario de follamigos VI (Expiar los pecados)
Publicado en:10 Deciembre 2017 2:35 am
Última actualización en:26 Deciembre 2017 8:08 am
1314 vistas

Ni recuerdo cuanto tiempo pasó en volvernos a ver desnudos. Alguna que otra vez quedábamos para tomar un café o lo que se terciara pero poco más. Hablábamos de nuestras cosas, problemas y soluciones y después cada uno a su casa. Ella aún vive con su padre aunque por motivos personales siempre va arriba y abajo a la capital de la comunidad.

Por mi parte, la vida se había vuelto rutinaria. A excepción de alguna que otra escapada, ésta se basaba en trabajo casa y viceversa. Alguna vez me desahogaba visitando ciertos blogs e intentaba evadirme de la rutina tan bien como podía. Nos cruzábamos algunos mensajes y ya está.

Reconozco que llegué a pensar que la situación actual se había acabado. El llamado efecto gaseosa y, que, la negativa de aquel día me había restado puntos. Por eso, en una de nuestras conversaciones telefónicas le dije que pasara a visitarme si algún día estuviera de nuevo por Castellón. Reconozco que me sorprendió cuando me dijo que ese mismo fin de semana bajaba de visita. Más sorprendido aún que también viniera a verme a casa.

Quizás notó como me brillaron los ojos cuando la vi pasar por la puerta. O bien también sintió la erección cuando los dos besos que nos dimos se transformó en uno suave y profundo mientras entreabriendo la boca su lengua buscaba la mía. Que sus ojos brillaran cuando me disculpé por no haber podido quedar la última vez mientras se sentaba en el sofá e insinuaba que me perdonaría con una condición.

Casi había olvidado la textura de esos pezones erectos. La saliva conseguía que relucieran y, sus senos, apretados por el sujetador mal quitado se apretaban más aún hacia el cielo. Por poco se me olvida también ese cuello estirado que ayudaba a regurgitar sus gemidos, y, esa convulsión cuando mis labios lo succionaban. Pero su mano, en mi pelo, me guio hacia lo que realmente deseaba.



Y allí estaba yo, de rodillas, expiando mi pecado. Mi no de antaño. Con la cabeza dentro de su falda, mi rostro en su pubis y mi lengua en su vulva. Allí adentro todo se multiplicaba, su olor, su sabor. Hasta sus gemidos parecían más estruendosos. Sentía como se encharcaba en mi boca, como, aun en la oscuridad de la falda, su clítoris resplandeciera. El par de espasmos de sus caderas me libraron del pecado.

1 comentario

Para enlazar a este blog (lion35_75) utiliza [blog lion35_75] en tus mensajes.

  lion35_75 42H
42 H
Febrero 2018
Dom Lun Mar Mier. Jue Viern Sab
        1
 
2
1
3
 
4
 
5
 
6
 
7
 
8
 
9
1
10
 
11
 
12
 
13
 
14
 
15
 
16
1
17
 
18
 
19
 
20
 
21
 
22
 
23
1
24
 
25
 
26
 
27
 
28
 
     

Visitantes recientes

Visitante Edad Sexo Fecha
pelirrojaguay 57M24/2
silviaangulo 43M23/2
dulcesalado63 54M23/2
Clarckkeen  37H23/2
TuPuTo2018  29H19/2
vaiper_  98H18/2
ardientesex962  55M18/2
Jorgeandres367  33H18/2
Energico1235  40H17/2
ariadna9255 57M17/2